Lo único que necesitamos para ser buenos filósofos es la capacidad del asombro.
Todos los niños pequeños tienen esa capacidad. No faltaría más. Tras unos cuantos meses, salen a una realidad totalmente nueva. Pero conforme van creciendo, esa capacidad de asombro parece ir disminuyendo. ¿A qué se debe?
Veamos: si un recién nacido pudiera hablar, seguramente diría algo de ese extraño mundo al que ha llegado. Porque, aunque el niño no sabe hablar, vemos cómo señala las cosas de su al rededor y cómo intenta agarrar con curiosidad las cosas de la habitación.
Cuando empieza a hablar, el niño se para y grita "guau, guau" cada vez que ve un perro. Vemos cómoda saltos en su cochecito, agitando los brazos y gritando "guau, guau, guau, guau". Los que ya tenemos algunos años a lo mejor nos sentimos un poco agobiados por el entusiasmo del niño. "Sí, sí es un guau, guau", decimos, muy conocedores del mundo, "tienes que estarte quietecito en tu coche". No sentimos el mismo entusiasmo. Hemos visto perros antes.
Fragmento de El mundo de Sofía.
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